El feminismo duele

Salí toda revuelta. La cabeza y el corazón licuados. El calor del edificio me dejó en jaque con respecto al frío de la Ciudad Vieja. Taxi, terminal e Inter. Todo en cinco minutos. Apenas el ómnibus agarró Paysandú sentí como se apagaba el motor de la licuadora que tenía adentro. El 214 frenó en una parada y arrancó de golpe. Con esa misma fuerza mi llanto explotó y me desfiguró la cara. ¡Mierda que duele el feminismo!

El llanto duró un par de cuadras, y ahora -aunque sólo haya pasado media hora- me cuesta recordar todo lo que pensé en esos minutos.

Salía de una charla sobre feminismo a la que caí como otras tantas veces, con la convicción de que hay que estar; y lo que me pasó mientras estuve ahí no distó mucho de lo que me pasa siempre: me emocioné, me reí, me enojé y me interpelé. Sin embargo, ahora sé que esta instancia no fue como otras, y esto tiene todo que ver conmigo y, también, tiene todo que ver con ese espacio. Y en esto último encuentro la razón de mi angustia; ya no puedo separar el feminismo de mi vida y esto es algo que temía desde hace tiempo.

Si hiciera hoy uno de estos mapas conceptuales en los que se ponen en un círculo una cosa y en otro, otra y se ve qué tanto se superponen, el feminismo y mi vida estarían en el 100% del espacio del otro. Y esto me duele. Siempre que leo o escucho sobre feminismo siento que están hablando de mí o para mí, y no lo digo desde un lugar egoísta. Pero el feminismo logra esto por su construcción intrínseca; lo vivimos desde la subjetividad de nuestros cuerpos y nuestras psiquis. Y en cada reflexión hay una parte de mí que, en el acuerdo, el desacuerdo o la incógnita, se siente interpelada. Esto nos deja -y me deja- en una vulnerabilidad que aterra.

No resalto ya la cuestión de que “sería más fácil no pensar en estas cosas”, porque no recae en eso el problema. Nuestras vidas son difíciles, y si no lo fueran por la conciencia de género y clase, lo serían por otras cosas. Pero hoy siento, que de los años que me quedan por vivir, sean muchos o pocos, no saldré limpia, sana ni victoriosa. Aunque, esperemos, en el mejor de los casos saldré acompañada.

Un poco de lo que lloré, creo que lo lloré por mí y por todas; las que fueron, son y serán. Y no quiero que esto sea únicamente simbólico. Hoy, en este ómnibus horrible, por un segundo sentí dolor por todas, por más inmedible que sea.

También lloré por lo conflictiva que es la relación entre lo que sentimos y lo que pensamos. Esto me mata. Creo que nuestro aparato emocional no está preparado para la abstracción que requiere razonar estas cuestiones. Y esa asimetría genera dolor y desconcierto. Porque cuando transitamos la conciencia de que el feminismo nos atraviesa, aceptamos el camino del sufrimiento y la incertidumbre. Y digo “transitamos” porque no creo que sea algo que se adquiera, que se tenga y se mantenga, sino algo que construimos.

Este panorama apocalíptico no es, sin embargo, desmotivante. No quiero salir de este lugar, porque -como gritamos en las alertas- este dolor se vuelve rabia, la rabia se vuelve lucha y nuestra voz, grito. Esta conciencia me angustia pero también me fortalece. Lo sé, voy a sufrir, pero también sé otra cosa: tengo que preocuparme el día que no sufra.

De todas las luchas que trabajo día a día, el feminismo es la que más me cuesta, la que más me duele y la que más me interpela. Y está bien que sea así.

Hoy recuerdo todas las luchas que gané y que perdí, y las que aún no sé si gané o si perdí y quizás nunca sabré. Hoy me acuesto intranquila pero con la seguridad de que tengo algo para toda la vida: dolor y feminismo para transformar.

Julieta Núñez

Imagen: Videoclip Brujas – Eli Almic (Realizado por Tania Dangiolillo)