La muerte, la impunidad y la inocencia

 

Se murió el Goyo. Se murió un dictador, un ser despreciable, un violento y un hijo de puta.

En principio brindamos por eso. Brindamos por un mundo sin él. Por un mundo donde no podamos cruzarlo en la calle, a pesar de cumplir una supuesta pena domiciliaria. No le deseamos nada bueno ni a el, ni a sus iguales. Que se quemen en la hoguera de su propia maldad.

Pero con él no se termina la historia. Se fue sin arrepentirse, sin pedir perdón. Se fue sin decir dónde están todos aquellos a los que él, junto a otros, hizo desaparecer. No fue capaz de dar paz a las familias, de dar respuestas. No fuimos capaces, como Estado, de exigir la verdad y hacer verdadera justicia.

La muerte del Goyo, a medias, de a poco, bien puede ser espejo de cómo dejamos morir la denuncia implacable de los crímenes de lesa humanidad cometidos en dictadura. Después de ese voto rosado que naufragó, de esa Ley Interpretativa que no llego ni a emparchar. Después de eso, como sociedad, dejamos morir la causa, viendo al Goyo envejecer.

El se muere, pero la impunidad sigue viva.

Sus ideas, sus modelos, sus seguidores, siguen vigentes. Están vivos en los hechos del GIAF, en pleno 2016, en nuestras narices, más de veinte años de terminada la dictadura. Están vivos en los familiares que lloran sus ausencias, en las personas torturadas, los exiliados, en los ciudadanos que nunca obtuvieron una respuesta, muchos menos una disculpa por robarle once años de la vida.

Pero además, el Goyo sigue vivo en las maneras autoritarias e inconstitucionales de ejercer el poder en América Latina. La sed de violencia y muerte crece como una ola endemoniada. Las figuras públicas que poco creen en la democracia, aunque de ella se alimentan, están ganando fuerza. Las manos invisibles que gestionan los hilos de la política siguen en los mismos lugares de siempre.

Y está vivo en cada uno que le chupa un huevo lo que pasa al de al lado, lo que nos pasa como sociedad, con nuestras instituciones, con nuestros valores. A cada uno que dice que al pasado hay que enterrarlo. Esos son los que nos entierran a todos, y le dan vida al Goyo, hoy bajo tierra.

Por eso esta muerte nos tiene que ayudar a seguir. Inspirarnos a continuar la batalla contra el dragón gigante. Hacernos pensar en los resabios de aquel régimen que quedan vivos todavía, y en quienes lo alimentan.

Reflexionemos, y sigamos exigiendo lo justo. Porque la impunidad solo se puede derrotar juntos y en pie.

La consigna sigue siendo la misma: verdad, memoria, justicia y nunca más. Que no muera, depende de nosotros.