No de nuevo

Hoy empezó a circular en las redes una foto de una revista para niños que señala las diferencias entre hombres y mujeres. Según el artículo, escrita por una Doctora en bioquímica y biología molecular, investigadora y docente universitaria española, las mujeres somos bellas y los varones fuertes. Nosotras somos buenas, y ellos justos. Nosotras emocionales, ellos racionales. Tanto título para decir tanta pavada.

Una de las categorías afirma que los hombres son hacia afuera y las mujeres hacia dentro, dejando a libre interpretación qué se quiso decir con eso. ¿Vida pública vs vida privada? ¿Extrovertidos vs introvertidas? ¿Pene vs vagina?

No queremos decir que hombres y mujeres son iguales. No lo somos. Ese no es el problema. El problema es que se escuden en las ciencias naturales como estandarte de la objetividad y el saber. Se ponen la capa de La Ciencia que nunca se equivoca para pasar por buenos sus valores y su moral, cual caballo de Troya que intenta aprisionarnos en las tareas de cuidado y sensibilidad. ¿Por qué cada tanto se cambian los paradigmas del saber? Porque se dan cuenta que se equivocaron y tienen que volver a empezar. Es importante tener eso en cuenta. No busco con esto desmerecer al valiosísimo conocimiento científico, que en buena parte es el responsable de la vida como la conocemos. Pero tampoco pasarnos gato por liebre, ni creer a ojos cerrados cualquier disparate que diga alguien con capa blanca solo porque antes de su nombre dice Doctor. Que algunas personas lo quieran convertir en el nuevo actor evangelizador, tampoco le hace bien a la ciencia.

Más allá de la indignación que generan, este tipo de artículos son peligrosos. No hacen más que naturalizar la desigualdad en niños y niñas que se crían en un mundo que les dice que ellos son buenos para hacer proyectos y nosotras para valorarlos, como si nuestro rol en este mundo sea el de eternas porristas de los logros masculinos. Lejos está, no hace falta decirlo, de la idea de empoderamiento femenino. De criar a nuestras niñas haciéndoles saber que, si quieren, pueden comerse el mundo; que el compañerito de escuela es tan poderoso como ella; y que si algún día decide tener hijos no es mandato divino que sea ella la que los cuide mientras él se dedica a ser hacia afuera.

El golpe más duro con este artículo fue saber que se realizó este año. Sabemos muy bien que la lucha feminista tiene un largo trayecto por delante todavía, pero sorprende igual ver qué tan trancados estamos con algunas cosas que creíamos un poco más evolucionadas. Si seguimos así no vamos a poder salir nunca del círculo de profecía autocumplida. Educamos a las niñas sensibles y resulta que de adultas tienen más sensibilidad que los varones. “Debe ser genético” pensamos después, mientras le regalamos una muñeca que llora y se hace pichí para el cumpleaños.

Esta revista, esta doctora, los millones de personas como ellos, no hacen más que fortalecernos. Nos hace dar cuenta de todo lo que falta, tomar impulso y seguir peleando. No vamos a parar hasta que la palabra mujer se deje de escribir rosada y empiece a verse violeta.



Julia Irisity